La Cuarta Teoría Política (4TPes)

Antena en español para una Cuarta Teoría Política

La gran guerra de los continentes. Geopolítica y fuerzas ocultas de la historia

ALEXANDER DUGIN

por Alexander DuginLas bases de la geopolítica

Recordemos los principales postulados de la geopolítica, ciencia que antes también recibía el nombre de “geografía política”, y cuyo desarrollo se debe principalmente a los méritos del científico y político inglés sir Halford McKinder (1861-1947). El propio término “geopolítica” fue utilizado por vez primera por el sueco Rudolf Kjellen (1864-1922) y más tarde extendido en Europa por el alemán Karl Hausofer (1869-1946). En cualquier caso, McKinder sigue siendo el “padre de la geopolítica”, cuyo modelo básico siguió como punto de partida para todas las demás investigaciones en este campo. El mérito de McKinder consiste en que supo delimitar y comprender determinadas leyes objetivas de la historia política, geográfica y económica de la humanidad. Si bien el término “geopolítica” es de aparición relativamente reciente, la realidad a la que se refiere tiene una historia milenaria.

La esencia de la doctrina geopolítica podría reducirse a los siguientes principios. Dentro de la historia planetaria existen dos visiones enfrentadas y competidoras sobe la colonización de la superficie de la Tierra: el enfoque “terrestre” y el enfoque “marítimo”. La elección de uno de ellos depende de la orientación (“terrestre” o “marítima”) que siguen unos u otros estados, pueblos o naciones. Su conciencia histórica, su política interior u exterior, su psicología, su visión del mundo se forman siguiendo unas reglas determinadas. Teniendo en cuenta dicha particularidad, se puede hablar perfectamente de una visión del mundo “terrestre”, “continental” o incluso “esteparia” (la “estepa” es “tierra” en su estado puro ideal) y de una visión del mundo “marítima”, “insular”, “oceánica” o “acuática”. Señalemos de paso que los primeros indicios de semejante enfoque los encontramos en las obras de los eslavófilos rusos Jomiakov y Kireévski.

Dentro de la Historia Antigua, Fenicia y Cartago, fundado por la primera, desempeñaron el papel de la potencia marítima, convirtiéndose en el símbolo de la civilización marítima por excelencia. Roma desempeñaba el papel del Imperio terrestre, opuesto a Cartago. Las Guerras Púnicas son el ejemplo más claro de la oposición entre la civilización marítima y la civilización terrestre. Dentro de la Historia Moderna y Contemporánea, Inglaterra, “Reina de los Mares”, se convirtió en el polo “insular” y “marítimo”, y más tarde lo fue la gigantesca isla-continente América. Al igual que la antigua Fenicia, Inglaterra utilizaba el comercio marítimo y la colonización de las regiones costeras como arma de su dominio. El tipo geopolítico fenicio-anglosajón dio lugar al específico modelo de civilización comercial-capitalista de mercado, basado en primer lugar en los intereses económicos y materiales y en los principios del liberalismo económico. Es por ello que, a pesar de las múltiples variantes históricas, el tipo más genérico de la civilización marítima siempre está relacionado con la primacía de la economía sobre la política.

A diferencia del modelo fenicio, Roma representaba el ejemplo de la estructura guerrero-autoritaria, basada en el control administrativo y la religiosidad civil, en la primacía de la política sobre la economía. Roma nos ofrece el ejemplo de la colonización no marítima, sino terrestre, puramente continental, acompañada de la penetración profunda dentro del continente y la asimilación de los pueblos conquistados, que una vez sometidos automáticamente se convierten en “romanos”. Dentro de la Historia Moderna, la potencia terrestre fue encarnada por el Imperio Ruso, y también por las centroeuropeas e imperiales Austria-Hungría y Alemania. Rusia, Alemania y Austria-Hungría fueron símbolos de “tierra geopolítica” durante el periodo de la Historia Moderna.

McKinder demostró con claridad que durante los últimos siglos la orientación marítima significa el “atlantismo”, debido a que actualmente las potencias “marítimas” por excelencia son Inglaterra y Norteamérica, es decir, los países anglosajones. Al atlantismo, que encarna la primacía del individualismo, del liberalismo económico y de la democracia de tipo protestante, se opone el “eurasismo”, que necesariamente conlleva la jerarquía y el predominio de los principios comunitarios nacional-estatales sobre los intereses puramente humanos, individualistas y económicos. Rusia y Alemania, dos poderosísimas potencias continentales, son las que en primer lugar poseen una orientación marcadamente eurasiática. Sus intereses geopolíticos, económicos y, lo que es más importante, ideológicos se oponen por completo a los intereses de Inglaterra y EEUU, es decir, a los intereses de los atlantistas.

La conspiración de los atlantistas

Siendo inglés y atlantista, McKinder indicó el peligro de la consolidación eurasiática, instando desde finales del XIX al gobierno inglés a realizar todos los esfuerzos posibles para impedir una alianza eurasiática y sobre todo la alianza Rusia-Alemania-Japón (McKinder veía en Japón una potencia de ideología esencialmente continental y eurasiática). A partir de McKinder se puede hablar ya de la ideología claramente formulada y detalladamente descrita del atlantismo consciente y absolutizado, cuya doctrina se convierte en el fundamento de la estrategia geopolítica anglosajona del siglo XX.

Partiendo d este hecho, podemos calificar la esencia de la labor de los agentes, del espionaje militar, del lobbismo político orientados hacia Inglaterra y los EEUU como la ideología atlantista, como la ideología de la “Nueva Cartago”, común para todos los “agentes de influencia”, para todas las organizaciones secretas y ocultistas, para todas las logias y clubs semi-reservados que servían y siguen sirviendo a la idea anglosajona en el siglo XX, penetrando con su red todas las potencias continentales eurasiáticas. Ello, naturalmente, se refiere, en primer lugar, a los servicios secretos inglés y americano (sobre todo a la CIA), que no son simplemente los guardianes del atlantismo, unidos por la profunda y milenaria superideología de tipo “oceánico”. El conjunto de todas las redes de agentes de influencia anglosajones puede calificarse como los “integrantes de la conspiración atlantista”, que defienden no solamente los intereses de un país determinado, sino los de una específica doctrina geopolítica (y a la postre metafísica), que representa una visión del mundo extremadamente polifacética, variada y amplia, pero esencialmente unitaria.

De modo que, sintetizando las ideas de McKinder, podemos decir que existe la conspiración histórica de los atlantistas, que siglo a siglo persigue los mismos fines geopolíticos, orientados hacia los intereses de la civilización marítima de tipo neofenicio. Es importante destacar además que tanto los de “izquierda” como los de “derecha”, los “ateos” como los “creyentes”, los “patriotas” como los “cosmopolitas” pueden ser atlantistas, porque la visión geopolítica del mundo está más allá de cualquier diferencia particular y política. Por lo tanto, estamos ante la más auténtica conspiración oculta, cuyo sentido y significado metafísico a menudo ignoran sus propios protagonistas directos e incluso sus figuras clave.

La conspiración de los eurasiáticos

Las ideas de McKinder, que dejaron al descubierto determinadas constantes históricas y políticas que muchos ya adivinaban o presentían, también abrieron el camino para una clara formulación de la doctrina eurasiática opuesta al atlantismo. Los primeros principios de la doctrina geopolítica eurasiática fueron obra de los rusos blancos emigrados en Europa Occidental, que se dieron a sí mismos el nombre de “eurasiáticos” (el gran duque N. Trubetskoi, Savitski, Florovski, etc.) y, sobre todo, por el célebre geopolítico alemán Karl Haushofer. El hecho de que los primeros eurasiáticos rusos tuviesen contactos con Haushofer en la ciudad de Praga nos permite suponer que los geopolíticos rusos y alemanes desarrollaban temas parecidos en el mismo tiempo. Ellos insistían en la necesidad de la alianza geopolítica eurasiática y en el eje Alemania-Rusia-Japón como contrapartida a la política atlantista que pretendía enfrentar a cualquier precio Rusia a Alemania y Japón. Los eurasiáticos rusos y el grupo de Haushofer desarrollaron determinados principios de la visión continental del mundo, eurasiática, alternativa a las ideas atlantistas de McKinder. Se puede decir que ellos fueron los primeros en expresar aquello que estaba detrás de toda la historia política de Europa en el último milenio, rastreando el camino seguido por la idea imperial romana, que desde la antigua Roma pasó a Rusia a través de Bizancio y a través del Sacro Imperio Romano-Germánico a Austria-Hungría y Alemania. Los eurasiáticos rusos analizaron profundamente la misión imperial y altamente “terrestre” de Gengis-Khan y de los mongoles, destacando el papel continental de los pueblos turcos. A su vez, el grupo de Haushofer estudiaba al Japón y la misión continental de los estados del Lejano Oriente dentro de las perspectivas de una futura alianza geopolítica.

De esta forma, y como respuesta al sincero reconocimiento de McKinder, que reveló los secretos de la estrategia atlantista planetaria, cuyas raíces se esconden en la profundidad de los siglos, los eurasiáticos rusos y alemanes descubrieron en los años 20 la lógica de la estrategia continental alternativa, el secreto de la idea imperial terrestre, el relevo de Roma, que invisiblemente inspiraba la política de las potencias que poseían una visión del mundo idealista y jerárquica, comunitaria y heroica, desde el Imperio de Carlomagno hasta la Santa Alianza.

La idea eurasiática es igual de global que la atlantista, y también tuvo múltiples “agentes secretos” en todos los países y naciones. Todos aquellos que trabajaron incansablemente para la alianza eurasiática, que a lo largo de los siglos impidieron la propagación en el continente de las ideas individualistas, igualitarias y liberales (que en su conjunto reproducen el espíritu típico fenicio de la supremacía de la economía sobre la política), todos aquellos que intentaron unir a los grandes pueblos eurasiáticos, todos ellos fueron los “agentes eurasiáticos”, portadores de la doctrina geopolítica específica de los “combatientes del continente”, los “soldados de la tierra”.

La sociedad secreta eurasiática, la orden de los eurasiáticos no comienza ni mucho menos con el manifiesto “Éxodo hacia Oriente” ni con la “Revista de Geopolítica” de Karl Haushofer. En este caso se trataba más bien de la exteriorización y salida a la superficie de determinados conocimientos que existían desde tiempos inmemoriales junto con sus correspondientes “agentes de influencia”, lo mismo que en el caso de McKinder, cuya pertenencia a misteriosas sociedades secretas está más que probada históricamente.

La orden de Eurasia contra la orden del Atlántico (Atlántida). La Roma eterna contra el eterno Cartago, la Guerra Púnica inmemorial, la conspiración planetaria de la Tierra contra el Mar, de la jerarquía y el idealismo contra el igualitarismo y la materia.

¿Acaso las innumerables paradojas, contradicciones, omisiones y virajes de nuestra historia no son más comprensibles, más lógicas y razonables, si las observamos desde la perspectiva del oculto dualismo geopolítico? ¿Acaso no sería un gesto noble y agradecido reconocer a todos los soldados caídos en los campos de batalla del siglo XX como héroes de la gran guerra de los continentes, y no como obedientes marionetas de los cambiantes regímenes políticos, inestables y pasajeros, causales y perecederos, absurdos hasta tal punto que morir por ellos puede parecer estúpido y empequeñecedor? Pero la cosa cambia si pensamos que los héroes caídos servían a la Gran Tierra o al Gran Océano, más allá de la demagogia política y de la propaganda histérica de las ideologías de usar y tirar, si pensamos que, ante los ojos de la milenaria historia del planeta, ellos combatían por el gran objetivo metafísico.

¿”Sangre y Suelo” o “Sangre o Suelo”?

El célebre filósofo, pensador religioso y publicista ruso Konstantín Leontiev anunció una máxima muy importante: “Existen los eslavos, pero no el eslavismo”. Una de sus conclusiones geopolíticas fundamentales fue la oposición entre la idea del “paneslavismo” y la idea “asiática”. Si analizamos atentamente esta oposición, descubriremos el criterio tipológico general que nos permitirá comprender mejor la estructura y la lógica de la guerra geopolítica oculta de la orden de Eurasia contra la orden del Atlántico.

A pesar de la ecléctica mezcolanza de términos en la doctrina de “Sangre y Suelo” del campesinado nacionalista, del doctor Walter Darré, a nivel de la guerra oculta de las fuerzas geopolíticas en el mundo actual, este problema se formula de otra forma, más exactamente como “sangre o suelo”. En otras palabras, los proyectos tradicionalistas de conservación de la identidad propia del pueblo, Estado o nación siempre se encuentran ante el dilema: elegir como criterio dominante la “unidad de la nación, raza o etnia, la unidad de la sangre” o la “unidad del espacio geográfico, la unidad de las fronteras”. Lo más dramático es además la necesidad de elegir o lo primero o lo segundo, porque cualquier hipotético “y” seguirá siendo tan solo una consigna utópica, que no resuelve el problema sino que oscurece su significado. Konstantín Leontiev, tradicionalista y rusófilo radical por sus convicciones, planteó dicha cuestión con la máxima claridad: “los rusos, o deben insistir en la unidad de los eslavos, en el eslavismo (“sangre”), o deben volverse hacia Oriente y concienciarse de la proximidad geográfica y cultural de los rusos con respecto a los pueblos orientales, relacionados con los territorios rusos (“suelo”)”. En otros términos, este dilema podría plantearse como el reconocimiento de la supremacía o bien de la “raza” (nacionalismo) o bien de la “geopolítica” (“estabilidad”, “cultura”). El propio Leontiev eligió el “suelo”, el “territorio”, la particularidad de la cultura imperial, religiosa y estatal rusa. Eligió el “orientalismo”, el “bizantinismo”. Semejante elección suponía la prioridad de los valores continentales eurasiáticos respecto a los valores estrictamente nacionales y raciales. La lógica de Leontiev llevaba de una manera natural a la necesidad de una alianza ruso-alemana y sobre todo ruso-austríaca, y al mantenimiento de la paz con Japón. Leontiev rechazaba categóricamente el “eslavismo” o “paneslavismo”, por lo que provocó las iras de muchos eslavófilos tardíos, que defendían la postura de “sangre por encima del suelo”. Leontiev no fue comprendido ni escuchado. La historia del siglo XX demostró la suprema importancia de los problemas por él planteados.

Paneslavismo versus eurasismo

La tesis de “sangre por encima del suelo” (que en el contexto ruso significaba “paneslavismo”), demostró su ambigüedad por vez primera durante la I Guerra Mundial, cuando Rusia, tras aliarse con los países de la Entente (Inglaterra, Francia, Estados Unidos), con la intención de liberar a los “hermanos eslavos” del poder de los turcos y los alemanes, combatió a sus aliados geopolíticos naturales, Alemania y Austria, y ella misma se convirtió en víctima de la catástrofe revolucionaria y de la guerra civil. El eslavismo de los rusos trabajó en la práctica a favor de los atlantistas, de la Entente, de la civilización neocartaginesa, del modelo anglosajón comercial, colonialista e individualista. No es de extrañar que entre los “patriotas eslavos” del séquito de Nicolás II la mayoría eran colaboradores de los servicios secretos británicos. Sería curioso recordar un episodio de la novela del patriota ruso-alemán Krasnov, “Del águila bicéfala a la bandera roja”, donde en la Primera Guerra Mundial al protagonista, el coronel Sablin, le preguntan: “Díganos sinceramente quién cree que es nuestro auténtico enemigo”, a lo que Sablin contesta sin tapujos: “Inglaterra”, aunque este convencimiento no le impide combatir con honestidad y valor contra Alemania. El héroe de la novela de Krasnov es el ejemplo ideal del patriota ruso-eurasiático, que representa la lógica del “suelo por encima de la sangre”, lógica que caracterizó al conde Witte, al barón Ungern-Sternberg, a la misteriosa organización “Baltikum”, compuesta por aristócratas rusos de origen alemán, que hasta el último momento intentaron influir en la figura del zar. Sorprende ver con qué valor y honestidad se comportaron los asiáticos durante el período de 1917, junto con los alemanes y otros “inorodsi” (súbditos) del Imperio ruso, que sirvieron con fe y entrega al zar y al imperio, que sirvieron a Eurasia, al “suelo”, al “continente”, en contraste con muchos “eslavos”, que huyeron de Rusia en dirección a los países atlantistas, traicionado a su patria y a la idea de la Roma Eterna.

Racismo y atlantismo

En Alemania, la afirmación de la idea de la “sangre por encima del suelo” trajo no menos catastróficas consecuencias. A pesar de la opinión de los patriotas alemanes rusófilos o eurasistas, como Arthur Moeller Van den Bruck, Karl Haushofer, Ernst Niekisch, etc., que insistían en la superioridad de la idea del “espacio vital” (hay que decir que en la teoría original de Haushofer del “espacio vital” no existía ningún indicio de expansionismo antieslavo, identificándose posteriormente dicho término con la eslavofobia de Hitler y otros ideólogos, que no todos, del III Reich), de los intereses continentales en su conjunto, de la idea del “Bloque Continental”, al final triunfó en las esferas del poder del III Reich el lobby atlantista, que explotaba las tesis racistas y que, so pretexto de que los ingleses eran “arios” y formaban una etnia emparentada con los alemanes, procuraba fijar la atención de Hitler en el Este y detener (o aflojar) las acciones bélicas contra Inglaterra. En este caso, el “pangermanismo” (al igual que el “paneslavismo”) sólo favorecía a los atlantistas. Es perfectamente lógico también que el almirante Canaris, espía inglés y traidor al Reich, fuera el principal enemigo de Rusia.

El dilema de “sangre o suelo” es importante en tanto que la elección de uno de esos términos permite reconocer al “agente de influencia” de una u otra ideología geopolítica, sobre todo cuando se trata del bando de los “de derechas” o “nacionalistas”. La esencia de la conspiración geopolítica de los atlantistas (al igual que la de los eurasiáticos) consiste en el hecho de que abarca todo el espectro de las ideologías políticas, pero los “agentes de influencia” siempre dejan su huella específica. En el caso de la “derecha”, la característica del atlantismo potencial está representada por la idea de la “sangre por encima del suelo”, que además permite desviar la atención hacia criterios secundarios.

¿Quién espía a quién?

Como ejemplo de la influencia de la ideología geopolítica oculta sobre la “izquierda” podríamos mencionar a los nacional-bolcheviques eurasiáticos de Alemania (Ernst Niekisch, Ernst Jünger, Karl Otto-Paetel, Schulzen-Boysen, etc.). Sin duda, también había nacional-bolcheviques entre los rusos, y no deja de ser curioso que durante su exilio, el propio Lenin buscaba acercamiento justamente con los políticos y financieros alemanes, y muchas de sus tesis eran claramente germanófilas. No queremos siquiera insinuar que Lenin tuviese algo que ver con la orden eurasiática, pero es indudable que sufrió su influencia en mayor o menor medida. En cualquier caso, la oposición “Lenin, espía alemán; Trotsky, espía americano” se corresponde con cierto esquema tipológico. A nivel puramente geopolítico, el gobierno de Lenin tuvo un carácter eurasiático y a expensas de la doctrina marxista mantuvo unidos los inmensos territorios del Imperio ruso. Trotsky, en cambio, insistía en la necesidad de la exportación de la revolución, en su “mundialización”, y veía a la Unión Soviética como algo transitorio y efímero, una cabeza de puente para la expansión ideológica, que debía desaparecer tras la victoria planetaria del “comunismo mesiánico”.

El propio “internacionalismo” leninista se materializó más bien en una misión “imperial” eurasiática, aunque evidentemente tal principio fue deformado y pervertido por la influencia de varios aspectos de la ideología comunista y, sobre todo, por la actuación de los “agentes de influencia” del atlantismo que actuaban desde el interior de la dirección comunista.

Sumando todas estas consideraciones, se puede decir que para los representantes de la orden eurasiática en Rusia, el rasgo distintivo siempre fue la casi obligatoria germanofilia, o cuando menos anglofobia. Y viceversa, en Alemania los eurasiáticos tenían la “obligación” de ser rusófilos. En cierta ocasión Moeller Van den Bruck hizo una observación muy acertada: “Los conservadores franceses siempre se inspiraron en el ejemplo de Alemania, los conservadores alemanes en el ejemplo de Rusia”. Aquí se descubre toda la lógica del trasfondo geopolítico, de la lucha oculta secular, de la Gran Guerra de los Continentes.

¿Ha dicho usted G.R.U., Sr. Parvulesco?

El único de los conspirólogos occidentales que siempre subraya el carácter geopolítico de la conspiración mundial (mejor dicho, de las dos conspiraciones geopolíticas mundiales) es el escritor, poeta y metafísico francés Jean Parvulesco. A lo largo de su dilatada y muy agitada vida, Parvulesco conoció a muchos destacados personajes de la historia europea y mundial, incluidos infinitud de masones, agentes secretos, ideólogos, políticos y artistas (mantenía amistad con Ezra Pound, Julius Evola, Arno Breker, Otto Skorzeny, Raimond Abellio, etc.). Después de conocer el carácter de nuestras investigaciones sobre conspirologia, el señor Parvulesco puso a nuestra disposición ciertos documentos semisecretos que nos permitieron averiguar detalles importantes de la conspiración geopolítica mundial. Especial interés resultan ciertos documentos sobre las actividades de las organizaciones secretas en Rusia.

El 24 de febrero de 1989, en Lausana, y ante los miembros del más que misterioso “Instituto Atlantis de Investigaciones Metaestratégicas”, Parvulesco presentó un informe titulado “La Galaxia del GRU: La misión secreta de Mijail Gorbachov, la URSS y el futuro de Eurasia”. Allí se analizaba el papel oculto de los servicios de inteligencia militar soviética (G.R.U.) y su implicación en la conspiración eurasiática. Parvulesco se basaba sobre todo en las revelaciones del agente de contraespionaje francés y director del Centro Europeo de Información, Pierre de Villamaestre.

El GRU contra la KGB

El modelo conspirológico de Villamaestre es el siguiente: “La KGB es una extensión del partido, el GRU es una extensión del ejército. La KGB defiende al partido, el GRU defiende al Estado. La KGB defiende el patriotismo al servicio del comunismo, el GRU defiende el comunismo al servicio del patriotismo”. Basándose en esta oposición entre el ejército y el partido de la URSS, Villamaestre construye una historia argumentada del GRU desde la Revolución de Octubre hasta la Perestroika. ¿De qué modo están relacionados los dos servicios secretos rivales con la conspiración geopolítica planetaria?

Según Parvulesco, la idea eurasiática fue activa en Rusia sobre todo a principios del siglo XX. Sus representantes fueron el médico Badmáev, de Petrogrado, y el barón Ungern-Stenberg, ciertos consejeros suecos de Rasputín que le enviaban telegramas firmados con el pseudónimo de “Verde” y toda una serie de personajes menos conocidos. Cabe también destacar el papel del mariscal Mijail Tujachevski, según Parvulesco miembro de la misteriosa orden de “Los Polares” entre 1916 y 1918 a la cual, también según Parvulesco, pertenecían durante la misma época Charles De Gaulle, Von Ludendorff y el obispo Eugenio Paceli, futuro papa Pío XII.

Precisamente fue este grupo de místicos rusos blancos quienes pasaron el relevo al régimen bolchevique, agrupándose alrededor del ejército, donde los antiguos oficiales zaristas encontraron lugar, con la intención de cambiar la orientación primaria nihilista de los primeros bolcheviques y crear una gran potencia continental.

Este fue el tránsito de los eurasiáticos rusos antes y después de la Revolución de Octubre. La misma creación del Ejército Rojo sería obra de los eurasiáticos, y sería curioso recordar que 27 días después de la creación del Estado Mayor del Ejército Rojo, en el frente oriental (el 18 de marzo de 1918), la plana del Estado mayor fue atacada por sorpresa por una brigada de la Cheka, matando a todos sus integrantes. Así se desató en los primeros días del poder soviético una guerra cruel entre los “eurasiáticos rojos” del Ejército y la “Comisión Extraordinaria”, la Ch.K., dirigida por el antiguo anarquista Dzerzinski, guerra interior que no se detuvo nunca. Para combatir a la Cheka, los eurasiáticos crearon la División Especial del Ejército Rojo 44388, el GRU, dirigido por Semion Ivanovich Aralov, antiguo oficial zarista. Los miembros del GRU gozaron de una inmunidad casi mística en todas las “purgas” rigurosísimas que se sucedieron.

Explosiones y eclipses en el sol de Eurasia

Precisamente fue Aralov quien impuso los principios eurasiáticos de esta organización militar secreta, agrupando a su alrededor a todos los eurasiáticos que se pasaron a los rojos con intenciones metapolíticas. Aralov publicó en 1960 un libro titulado “Lenin estaba al lado”, sobre la historia de la guardia personal de Lenin, donde narra que ésta pertenecía en su mayoría a la orientación geopolítica atlantista, mientras que Lenin mismo se inclinaba por el eurasismo. Precisamente fueron los más “cercanos compañeros” de Lenin, y no el “ambicioso Stalin”, quienes le apartaron de la dirección del País. El final del gobierno de Lenin marcó el paso del poder a los atlantista, observándose inmediatamente una mejora de las relaciones con las naciones anglosajonas y en primer lugar con los EEUU. En esos tiempos el atlantista y chekista Berzin tomó el control del GRU, introduciendo en el grupo especial importantes cuadros de la Komitern y de los “fanáticos comunistas” (es decir, atlantistas). Pero las estructuras creadas por Aralov resistieron la presión, y muchos militares de gran poder apoyaron a sus protegidos contra la Cheka primero y luego contra el NKVD (más tarde KGB).

Un detalle: todos los dirigentes del GRU que sucedieron a Aralov antes de la Guerra Patriótica (la II Guerra Mundial), provenientes de la Cheka, fueron fusilados al término de la misma: Stigga, Nikonov, Berzin, Unschlicht, Uritzskin, Ezhov y Proskurov, que, aunque trabajaban para la orientación eurasiática, jamás lograron penetrar en las estructuras del GRU ni alteraron su orientación continental.

La destitución de Berzin en 1934 marcó una ruptura en la guerra oculta tras los bastidores del poder soviético, y la llegada de Hitler al poder reforzó asombrosamente las posiciones del “lobby continental”. En 1934 el GRU comenzó a preparar al alianza estratégica con la Alemania del III Reich, que culminaría con el pacto Molotov-Ribbentrop. Stalin se mostró siempre partidario de la orientación eurasiática, pensando que las tendencias antiatlantistas del nacional-socialismo desviarían la atención de las potencias anglosajonas y que en esta situación él podría aniquilar al poderoso lobby atlantista soviético. Así comenzó la purga de la “Guardia de Lenin”. Todos los procesos de Stalin que a primera vista pudieran parecer absurdos estaban en realidad fundamentados a nivel geopolítico. Todas las conspiraciones de “derechas” y de “izquierdas” eran reales, aunque Stalin nunca se atrevió a llamar por su nombre al lobby atlantista, temiendo una reacción por sorpresa. Capa a capa Stalin eliminó a los agentes de influencia de la “Nueva Cartago”, pero la reacción también fue inevitable, cumplida sobre todo en la eliminación del mariscal Tujachevski.

Eurasiáticos blancos y eurasiáticos rojos

Según Parvulesco, tras la revolución, los eurasiáticos se refugiaron en el Ejército Rojo, y en concreto en su departamento más secreto, el GRU. Esto se refería a los eurasiáticos rojos. Los eurasiáticos blancos, en Europa, se unieron en masa a los nacional-socialistas alemanes, en las secciones extranjeras de las SS y, sobre todo, en la SD, cuyo jefe Heydrich, eurasista convencido, fue asesinado en una conspiración orquestada por el almirante Canaris. Más allá de la división entre “rojos” y “blancos”, existía otra división entre la orientación atlantista y la eurasiática. En la Rusia roja los atlantistas se agrupaban en torno a la Cheka, aunque el primer atlantista en ocupar el cargo de Secretario General de la URSS fue Nikita Kruchov. En el seno de los exiliados, la proporción de atlantistas no era menor que en la propia URSS. Además de espías ingleses confesos, como Kerenski y casi todos los socialdemócratas, los atlantistas también estaban instalados en la propia extrema derecha, como entre Berdiáev. Casi todos los emigrados que por una u otra vía acabaron en los EEUU se situaban en esta orientación geopolítica.

A principios de los años 30 la red de agentes del GRU en Europa penetraba profundamente en las estructuras estatales de Francia y Alemania, siendo a la vez paralela la propia estructura creada por la NKVD y más tarde por la KGB. En Alemania, el GRU se puso en contacto con un tal Walter Nicolai, gracias al cual contactaron a su vez con Martin Bormann y los jerarcas de las SS y la SD. No es casual que según el MI5 (servicio secreto británico) y la CIA, Bormann se refugió tras la guerra en la URSS, donde alcanzó altos grados con nombre supuesto. Del paso de Walter Nicolai al campo de la URSS, en mayo de 1945, tenemos constancia oficial. Allí alcanzó altos cargos precisamente dentro del GRU.

El Pacto Molotov-Ribbentrop y la posterior revancha de los atlantistas

Refiriéndose a Martin Bormann, amigo de Ribbentrop y de Nicolai, Jean Parvulesco revela un hecho característico que deja entrever los secretos de la guerra oculta geopolítica. Arno Breker, el célebre escultor alemán, que conocía muy bien a Bormann, relató a Parvulesco la extraña visita que le hizo el jerarca nazi en Jakelsbruch, el 22 de junio de 1941, el mismo día del ataque de la Alemania hitleriana a la URSS. Bormann se presentó sin avisar, en estado de shock, abandonando su puesto en la Cancillería del Reich. Repetía una y otra vez esta frase: “Todo ha terminado… Todo está perdido… La nada ha vencido al ser… Todo ha terminado…” Cuando Breker le preguntó qué quería decir, Bormann lo miró fijo sin contestar. Luego, ya en la puerta de salida, se volvió e hizo un gesto de querer decir algo, pero cambió de opinión y salió pegando un portazo.

Era el fracaso estrepitoso de muchos años de esfuerzos en la red de agentes eurasistas, en tanto que para los atlantistas era la fecha de una gran victoria sin precedentes: la guerra entre dos poderosísimas potencias eurasiáticas suponía el triunfo de las tesis atlantistas, independientemente del resultado de la guerra.

Los agentes eurasistas hicieron todo lo posible por evitar el conflicto. Los preliminares de la firma del pacto Molotov-Ribbentrop, ambos eurasistas convencidos, se llevaron a cabo activamente por ambos bandos durante varios años, desde que en 1934 Stalin dio la orden a Berzin de cesar toda actividad contra Alemania, orden que Berzin no pudo negarse a cumplir.

En un informe secreto presentado en 1937, Himmler y Heydrich convencieron al Comité Central del NSDAP que la Komitern se había comprometido a castigar duramente las actividades subversivas en Alemania. Hasta el último momento, los eurasistas del Ejército Rojo: Veroshilov, Timoshenko, Zukhov. Golikov, etc., se negaron a aceptar la posibilidad de la guerra, pues conocían la influencia del lobby eurasista (y por lo tanto rusófilo) en el III Reich. La propaganda NS antieslava les parecía tan burda como las declaraciones internacionalistas de la Komitern. El General Golikov, de quien Stalin conocía su origen noble, cuando tuvo la noticia de la invasión, se levantó gritando: “¡Es una provocación inglesa, investigadlo!” Todavía no sabía lo que había provocado un shock en Bormann, que “la nada ha vencido al ser.

Después de la victoria

El ataque de Hitler contra la URSS supuso una gran catástrofe eurasiática. Tras la guerra fratricida de dos pueblos emparentados, cercanos geopolítica, espiritual y metafísicamente, de dos regímenes orientados antiatlánticamente, la victoria de la URSS equivalía en realidad a la derrota estratégica, ya que toda la experiencia histórica demuestra que Alemania nunca se ha conformado con la derrota, lo cual significa que el vencedor con el mismo hecho de su victoria ata el nudo del nuevo conflicto venidero, sembrando las raíces de una nueva guerra. Además, Yalta obligó a Stalin a solidarizarse con los aliados, con las potencias más encarnizadamente enemigas de Eurasia. Stalin, que había estudiado muy bien las leyes de la geopolítica, y que ya se decidió por Eurasia, concibió su nuevo proyecto geopolítico: el Pacto de Varsovia, surgiendo inmediatamente los choques con los atlantistas. Stalin ocultó sus intenciones hasta 1948, dando incluso su consentimiento a la fundación del Estado de Israel, una acción fundamental en la estrategia inglesa y americana para mantener su influencia en Oriente Próximo. Pero una vez que aprovechó el reforzamiento del ejército con los generales Vasilievski y Stiomenko, Stalin regresó a la ortodoxia geopolítica eurasista, emprendió las más duras purgas antiatlantistas dentro de la URSS y maldijo a Israel como un ente creado por “espías anglosajones”.

Extrañamente, la muerte de Stalin coincidió con el momento más tenso de sus planes eurasistas, la alianza entre la URSS y China, lo cual pudo haber cambiado de raíz toda la lógica de la división planetaria, la revancha de Eurasia. La versión del asesinato de Stalin a manos de Beria, jefe de la KGB y enemigo jurado del GRU y de los eurasistas, puede parecer verídica a esta luz.

En 1953, 8 años después de la pseudovictoria, sólo quedaba un paso para la verdadera victoria. Pero el mundo contempló entonces la caída del Titán.

La misión “polar” del general Stiomenko

Según Jean Parvulesco, a partir de la segunda mitad de los años 40, el general Serguei Matveevich Stiomenko (1907-1976) se convirtió en la figura clave del lobby eurasista dentro de la URSS. Sus altos protectores fueron el mariscal Zhukov y el general Poskrebishev (el más “germanófilo” de los cercanos a Stalin). En los años 60, el general Stiomenko fue nombrado comandante en jefe de las tropas del Pacto de Varsovia, a la vez que jefe del Estado Mayor del Ejército Rojo de la URSS, y a la vez a su vez que jefe supremo inmediato del GRU. Estando Stiomenko al mando del GRU, se reconstruyeron todas las estructuras eurasistas desestabilizadas por Berzin.

Pierre de Villemaestre define a Stiomenko como el primer geopolítico destacado de la URSS: “…Pertenecía a esa especial casta de oficiales soviéticos que aunque eran soviéticos eran rusos. Para esta casta la URSS era un imperio con voluntad de extenderse al continente eurasiático, desde Brest hasta Vladivostok”. Los planes estratégicos de Stiomenko comprendían la penetración pacífica económico-cultural en Afganistán, la entrada de las tropas soviéticas en las capitales árabes (Beirut, Damasco, El Cairo y Argel). Ya en 1948 Stiomenko insistía en el fundamental papel geopolítico del Afganistán, que permitiría a la URSS acceder a los mares cálidos del Océano Índico. Stiomenko creó alrededor de Stalin un poderosísimo grupo de presión eurasista, que a pesar de todos los intentos de Beria no fue destruida ni siquiera tras la muerte de Stalin, aunque sin duda desde 1953 hasta 1965 los eurasistas tuvieron que mantenerse a la defensiva. Como un mal menor, desde 1953 hasta 1986 el GRU también tuvo que soportar la presencia del agente atlantista de la Lubianka general Piotr Ivashutin, en su papel de jefe del GRU. Se trataba de un compromiso obligatorio.

El general Stiomenko, miembro de la logia de “Los Polares” es la figura clave para comprender la lógica secreta de la historia soviética desde Kruchov hasta la Perestroika.

Nikita Kruchov, agente de la Atlántida

Kruchov fue el primer protegido del lobby atlantista que llegó a dirigente unipersonal de la URSS. A pesar de sus diferencias con Beria, Kruchov se apoyaba precisamente en la KGB, y en un momento dado eligió la orientación contraria a Lenin y Stalin. Las actividades de Kruchov iban destinadas a la eliminación de los eurasistas en las estructuras de poder de la URSS. La llegada al poder de Kruchov fue también la llegada al poder de la KGB.

Una vez llegado al poder, Kruchov asestó golpe tras golpe a todos los niveles del lobby patriótico-ruso y patriótico-continental. A partir de entonces, toda la atención estaría centrada en los países anglosajones, sobre todo en los EEUU. La consigna de “alcanzar y adelantar a Occidente” significaba precisamente una orientación hacia las potencias atlánticas y el reconocimiento de su superioridad socioeconómica. Sus tesis sobre la pronta llegada al poder del comunismo en Europa Occidental pretendían despertar de nuevo las tendencias “mesiánicas” comunistas internacionalistas, por entonces casi olvidadas. La propia Iglesia Ortodoxa sufrió una persecución nunca conocida en las eras de Lenin y Stalin.

Fue un “americanista” y “atlantista en todos los sentidos: desde el célebre maíz “transatlántico”, que sustituyó todos los cultivos tradicionales hasta la doctrina militar, basada exclusivamente en los misiles intercontinentales. Nunca se interesó por el continente eurasiático, sino por América Latina, Cuba, etc. Entre el gabinete militar de Kruchov y los eurasistas de Stiomenko se produjo un conflicto abierto, pues Stiomenko insistía en que el concepto de “Guerra Nuclear Intercontinental” no era sino una diversión militar estratégica que debilitaba las fuerzas continentales reales, destruía la economía y creaba el peligro apocalíptico planetario. Tras la destitución de Kruchov, la revista “Estrella Roja”, órgano del ejército, publicó: “La estrategia que por fin hemos rechazado es propia de una mente enferma”.

A partir de Kruchov se realiza la definitiva separación de funciones internas: los “comunistas puros” y los agentes de la Lubianka se solidarizan con la estrategia de la guerra atómica intercontinental, en tanto que los agentes eurasistas y el GRU insisten en el armamento convencional y procuran la revancha a través de las investigaciones militares del cosmos.

En 1958 Kruchov destituye al tremendamente popular general eurasista Zhukov. En 1959 pone a la cabeza del GRU a una de las figuras más indeseables de la historia soviética, el chekista sanguinario Ivan Serov, conocido por su apelativo de “Matarife”. El general Mironov, otro atlantista, se convirtió en el responsable de los servicios administrativos del ejército. Sin embargo, las actividades de Kruchov se topan una y otra vez con los órganos ocultos de los eurasistas, que consideraban que cada día en el poder de Kruchov producía un daño irreparable en los niveles ideológico, estratégico y político. Precisamente, en la época de Kruchov, el predominio de la línea “totalitario-hegeliana” de la filosofía soviética (que supone la primacía de los factores supraindividuales “objetivos” sobre los individuales y “subjetivos”), deja paso al predominio de la línea “subjetivo-kantiana”. De la misma época data la rápida degeneración de la enseñanza y la aparición de toda esa pléyade de académicos “kruchovianos” arrogantes y diletantes sin preparación alguna (como el superprotegido A. N. Iakovlev, que reconoció haber criticado a Marcuse sin siquiera haberlo leído), terminando con toda la tradición científica del estalinismo, muy exigente y muy cualificada. Comenzó el cáncer de la “intelligentzia” desarraigada y cosmopolita, orientada hacia el atlantismo, alimentada por la KGB. El ideal del Occidente comienza a difundirse como tema “prohibido” pero “atractivo”.

La convergencia de los servicios secretos y la misión “polar” del GRU

La CIA, como instrumento del atlantismo americano, tipológicamente pertenece a la misma categoría conspiratoria que la KGB. Detrás de los orígenes de esta organización se encontraban las más destacadas figuras de la masonería norteamericana (que, no lo olvidemos, es “irregular” para la masonería europea, es decir, herética y sectaria, aunque parece que en los EEUU no existe nada en los campos de la religión y la metafísica que no sea herético y sectario). La CIA, igual que la KGB nunca se mostró indiferente en los campos más burdos de la magia y la parapsicología, mostrando ambas una misma esencia sádico-sanguinaria. La CIA, al principio con la ayuda de los servicios británicos, infestó toda Europa con una red de espías nunca antes vista, que influían en todos los aspectos de la vida política y cotidiana en clave atlantista. En cierto sentido, se puede hablar de una “convergencia” entre la CIA y la KGB, de su unidad lobbista a nivel geopolítico. Es precisamente por ello que se explica la abundante presencia de “espías soviéticos” en los más altos escalones del poder de América, comenzando por Hiss y terminando por Rutherford, quien, según algunos autores, entregó el proyecto de la bomba de neutrones a los servicios secretos soviéticos. A través del lobby de científicos atlantistas americano-soviéticos fue como Andrei Sajarov conoció los proyectos mundialistas de orientación atlantista que más tarde constituyeron la base de sus opiniones sociopolíticas y futurológicas.

Se puede suponer que la red de agentes del GRU, que en EEUU duplicaba a la creada por la KGB estaba en constante conflicto con la primera, y teniendo en cuanta estas diferencias debemos suponer que los únicos enemigos reales de la CIA eran los agentes del GRU, no los de la KGB.

La convergencia de los servicios secretos, lo mismo que la convergencia en la época de la Perestroika de los comunistas soviéticos del máximo escalón con los mundialistas americanos, se basa en la unidad fundamental de orientación geopolítica, en la unida de la estructura secreta que gobierna a los atlantistas de Occidente y a los atlantistas del Este, que muchas veces ocupan los más altos puestos en la nomenklatura estatal y política. Sin embargo, hasta cierto momento, la fusión total y franca de ambas sucursales de la orden de la danza macabra no podía realizarse, gracias a los esfuerzos del alternativo lobby eurasista, directamente relacionado con el GRU y con el Estado Mayor soviético, pero que también incluía en su interior a muchas estructuras de inteligencia europeas y asiáticas, sobre todo alemanas y francesas, las creadas por el general De Gaulle, varios servicios secretos árabes, etc.

Fuente: La Cuarta Teoría Política

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada el 13/11/2013 por en Alexander Dugin, Autores, Eurasianismo, Geopolítica, Globalización/Mundialismo.
A %d blogueros les gusta esto: