La Cuarta Teoría Política (4TPes)

Antena en español para una Cuarta Teoría Política

“La Cuarta Teoría Política” de Dugin: horizontes alternativos al Pensamiento Único

DUGIN CUARTA TEORIA POLITICA ENR

por Luca Siniscalco – Aleksandr Guélievich Dugin, nacido en 1962, ha podido experimentar personalmente dos transiciones esenciales del siglo pasado: el colapso del bloque soviético con la consiguiente afirmación de un modelo geopolítico unipolar de marca estadounidense, y el paso cultural, filosófico y existencial del Occidente de la civilización moderna a la virtualidad posmoderna. El último ensayo concebido por el ecléctico intelectual ruso, hasta la fecha no disponible en italiano, se inserta en tal encrucijada epocal. The Fourth Political Theory (Arktos, Londres 2012) [1] afronta la amplia gama de cuestiones planteadas por el “interregno” en el que el hombre moderno se encuentra arrojado, un simulacro líquido caracterizado por la ausencia de vínculos fundadores y por la alienación respecto de todo nomos. Jüngerianamente consciente de que “nos encontramos en un punto de inflexión entre dos eras cuya importancia se corresponde más o menos a la del paso de la Edad de piedra a la del metal”, Dugin aborda una culta, justificada y cerrada crítica del paradigma político cultural vigente.

El intelectual, agudo promotor teórico y político del Eurasianismo, descuida en el presente ensayo la instancia eslavófila típica de su propia especulación para volver una mirada más amplia hacia el mundo occidental, y en particular sobre el destino de aquella Europa que comparte con Rusia, incluso en su propia principal autonomía, historia y tradiciones. El “enemigo” de la civilización eurasiática es identificado tout court con el liberalismo, del cual el modelo estadounidense es el paradigma inmanente; la necesaria crítica de la política imperialista promovida por los EEUU, sin embargo, no debe distraernos del polémico objetivo esencial, inherente a la Weltanschauung que es la base de los diversos epifenómenos de la degeneración y que tiene un único nombre, el de liberalismo.

La pars destruens realizada por Dugin ocupa una importante sección del ensayo y se desarrolla sobre planos heterogéneos: análisis geopolítico, crítica filosófica, perspectiva religiosa y teoría política contribuyen a la deconstrucción de los ídolos sobre los que se asienta el mito moderno del liberalismo. En esta sección se halla el indudable mérito de combinar sabiamente distintas áreas de reflexión dentro de un atanor alquímico, en el que cada componente se mezcla con los otros sugiriendo una procesualidad de significado estructurada en diferentes niveles, pero interconectados entre ellos.

Los “compañeros de viaje” de Dugin son numerosos: Heidegger, Evola, Guénon, Niekisch, Spengler, Schmitt, Leo Strauss, de Benoist, Husserl, Bateson son sólo algunos de los muchos intelectuales citados por el filósofo ruso y empleados en la demolición de los dogmas fundadores de la modernidad. La crítica del liberalismo no reserva al lector avispado, sin embargo, intuiciones sorprendentes: Dugin se limita a reelaborar sintéticamente, y a veces con cierto reduccionismo, las reflexiones maduradas dentro de la llamada “literatura de la crisis” y por los partidarios de la Revolución Conservadora. La sintonía con el tantas veces citado de Benoist es en este ámbito casi completa: con el filósofo francés comparte la voluntad de ir más allá de la ahora estéril dicotomía derecha / izquierda, y paralelamente sustenta la superación crítica de los modelos políticos del siglo XX, el comunismo y el fascismo, convertidos en útiles para el sistema mismo en cuanto mitos incapacitantes y chivos expiatorios execrables a la luz de la moderna religión de los derechos humanos. Simultáneamente, Dugin rechaza la demonización del radicalismo político y teoriza la reabsorción sintética de estas categorías en un nuevo paradigma que sea “de derecha y de izquierda”. Cuantos han atacado al pensador tachándolo de intelectualismo y de poca generosidad con respecto a una “tercera vía” ya existente, demostraron no haber comprendido el esfuerzo duginiano – sobre cuyo éxito es en cambio muy legítimo debatir – por suscitar nuevos mitologemas adecuados para movilizar al hombre contemporáneo, en la certeza típicamente perennialista de que los principios trascendentes y eternos mutan la propia configuración fenoménica en relación a la estructura inmanente en la que se revelan.

La parte definitivamente más importante del ensayo duginiano es, por tanto, evidente en las sugerencias constructivas y constitutivas indicadas por el autor. Y esto no porque se trate de soluciones definitivas, bien estructuradas y pragmáticamente factibles. La teorización de Dugin resulta por el contrario en muchos aspectos contenida en un estrecho abismo entre la aspiración pragmática y realista – que le lleva a señalar un frente político e internacional, según él, en disposición de hacer frente al “pensamiento único”-, y una tensión teórica íntimamente abstracta, inspirada por la especulación filosófica y las tradiciones esotéricas de naturaleza elitista. Sin embargo, es en este intento de delinear los contornos de un posible paradigma alternativo donde se capta el alcance del texto, una “señal” en un camino utópico sí, pero no utopístico, que en la actitud heideggeriana de atención al mundo y de preparación del advenimiento del ser, se abre a la naturaleza metamórfica de la realidad y prepara el Ereignis. “Tal vez sólo un Dios puede salvarnos”, pero al hombre le corresponde, según Dugin, una fuerte responsabilidad existencial y ética en relación a esa epifanía. El compromiso del intelectual se encuentra entonces en la configuración de nuevos horizontes político/filosóficos, en la convicción de que la dignidad de la persona, el sentido de pertenencia, la identidad comunitaria y la autorrealización espiritual no son un punto de partida, sino un posicionamiento a asumir y una meta a conquistar. El ensayo de Dugin se plantea entonces no como el enunciado dogmático y estructurado de un nuevo modelo político, sino como un trabajo abierto de reflexiones con la finalidad de contribuir a la construcción en el imaginario colectivo de una Cuarta Teoría Política en la que la multiplicidad y la pluralidad sean principios fundamentales. En consonancia con la doctrina tradicional del Imperio, Dugin plantea una visión de macro áreas políticas unidas por un común sustrato cultural, histórico y espiritual, pero abierto a la autonomía local y firme en la defensa de las diferencias.

Si el comunismo, el fascismo y el liberalismo deben ser abandonados, todas estas teorías ofrecen elementos que, reabsorbidos en un nuevo círculo hermenéutico, es decir, en un contexto imaginal diferente, pueden contribuir a la construcción de la Cuarta Teoría Política. Así las sugerencias positivas de los modelos del siglo XX – respectivamente, la aguda identificación de las contradicciones del capitalismo y el mito escatológico, la tutela del ethnos y de la comunidad, el valor de la libertad humana (a concebirse no más como individualidad sino en sentido personalista) – pueden contribuir a delinear un nuevo arquetipo de autenticidad, en el que la reificación, el objetivismo, el pensamiento único, el fin de la historia y el progresismo forzoso sean sustituidos por una nueva visión del mundo.

El sujeto del tal paradigma no será ya el proletariado, ni el estado ético fascista o la raza aria, ni, por último, el individuo atomizado y hedonista, sino el Dasein, el Ser-ahí. La apelación de Dugin al concepto filosófico de Heidegger plantea numerosas cuestiones. Es inevitable preguntarse qué fuerza movilizadora puede revestir tal especulación teórica abstracta, nacida de un intelectual en una obra de ontología como es Sein und Zeit. El problema permanece, también porque Dugin nunca define precisamente ese término, dejándolo en el fondo cual mito original de su propia construcción. Sí se puede, sin embargo, aprovechar varias referencias gracias a las cuales me parece correcto indicar en la figura del Dasein una nueva tipología antropológica – o sobre-antropológica – fruto de una metanoia radical, gracias a la cual el sujeto es reintegrado en la propia posibilidad originaria, de acuerdo con una visión afín a la tesis tradicional de la multiplicidad de los estados del Ser. El Dasein es entonces el hombre auténtico, abierto al Ser y, por tanto, a lo Sagrado, sensible a la Presencia y proyectado hacia el futuro. El Dasein es también un recurso para superar el dualismo racionalista que la civilización occidental logocéntrica ha elaborado con éxito hasta conducirlo hasta su extrema conclusión lógica con un vaciamiento de significado. Sujeto y objeto se reabsorben en el Dasein, que también es inzwischen (mientras tanto), en cuanto se coloca en el medio bajo un perfil temporal.

Dugin presenta entonces la Cuarta Teoría Política como un acto de contemplación, ritual litúrgico y operación mágica destinada a conducir a una dimensión “supra-natural (…) donde no hay ninguna barrera entre la idea y la realización” (p. 181). En esta perspectiva, se revelan nuevas formas de relacionarse con el mundo: la visión progresiva, lineal y “monotónica” del tiempo y de la civilización occidental puede ser abandonada en favor de una interpretación abierta del flujo de la existencia, definido por Dugin en términos nietzscheanos como compenetración del flujo amorfo dionisíaco y de la individuación plástica apolínea. La temporalidad deviene también reversible.

No sólo la concepción del tiempo cambia, sino también la del espacio, demostrando cómo tales categorías no son aprioris en el sentido kantiano, sino modos de experimentar la realidad culturalmente determinados. Así, la topografía política de la globalización, que en su inclusividad anula la distinción entre derecha e izquierda al subsumirlas en su interior, puede ser trastocada por una nueva combinación conceptual: aquella entre el centro y la periferia. Es de esta última perspectiva desde la que pueden partir los ataques contra el modelo que todo lo impregna.

Al concepto de Dasein, Dugin liga el de Sujeto Radical, una dimensión aún más profunda, dice, de la subjetividad trascendental husserliana, que “se manifiesta sólo en el momento de la catástrofe histórica final, en la experiencia traumática del ‘corto circuito'” (p. 168). Se trata de una formación de fuertes tintes místicos, no muy diferentes, según las pocas referencias indicadas, al Individuo Absoluto teorizado por Julius Evola. Afirma Dugin de hecho que “el Sujeto Radical es incompatible con cualquier tipo de tiempo. Requiere vigorosamente el anti-tiempo, fundado sobre el elevado fuego de la eternidad transigurado en luz radical”(Ibidem). Estamos frente al sujeto intrínsecamente libre, que no participa en la paradoja del posmodernismo libertario que “bajo la égida de la libertad absoluta comienza a quitar la libertad de decir “no” a la libertad misma” (p. 85).

Para Dugin la posmodernidad lleva al paroxismo las tendencias peculiares de la modernidad, en una desintegración total del sentido y en una completa desestructuración de la realidad, sobre la que el liberalismo moderno todavía podría basarse. La lección de Baudrillard, Debord, Deleuze y Guattari es bien conocida por Duguin, que se enfrenta al pensamiento posmoderno con una actitud en cierto modo similar a la que tuvieron hacia la modernidad los nihilistas activos y los miembros de la Revolución Conservadora. Es la misma perspectiva adoptada por Heidegger cuando afirma la necesidad de una aceleración del nihilismo: si de verdad se quiere superar el advenimiento del señorío de la Nada es del todo inútil producir nuevos ídolos o permanecer en posiciones meramente conservadoras, ya que sólo cumpliendo el destino del nihilismo se podrán abrir heridas salvadoras en el paisaje sombrío que se perfila en el horizonte. Así que para Dugin la posmodernidad está inevitablemente inserta en un ciclo histórico de metamorfosis necesaria e inevitable. La decadencia conectada a la contemporaneidad es síntoma del final de un ciclo y sitúa al hombre frente a una disyuntiva: ajustarse a las tendencias disgregadoras o, por el contrario, cabalgarlas y aprovechar la energía latente en ellas. Así, Dugin demuestra un conocimiento profundo del pensamiento posmoderno y se sirve incluso de algunas intuiciones surgidas en tal fermento cultural con el fin de desintegrar por completo las certezas de la modernidad liberal y conducir al hombre al umbral del caos, de aquel pre-categorial originario que es fuente perenne de la totalidad manifiesta y precede, según Duguin, a la visión cristalizada del Ser propia de la metafísica logocéntrica occidental. El caos “incluye en sí mismo todo lo que es, pero al mismo tiempo todo lo que no es. Entonces el caos que incluye todo también incluye lo que no es inclusivo (…) entonces el caos no percibe al logos como Otro, sino como sí mismo “(Pág. 209). Es a partir de esta metafísica del caos que podrá resurgir el logos, que “requiere de un salvador, no puede salvarse a sí mismo. Necesita de algo opuesto a sí mismo para ser restaurado en la situación crítica de la posmodernidad “(p. 210). Dugin intenta así injertar en el suelo árido y estéril de Europa una semilla renovadora, nacida de la Tradición en una de sus formas metamórficas. Consciente de que la profecía no es ciencia, sino don de unos pocos, no queda sino esperar vigilantes la muerte del Fénix de nuestra Zivilisation en una espera prudente, y en la construcción responsable de su renacimiento como Kultur.

Fuente original: http://www.barbadillo.it/

(Traducción Página Transversal)

Fuente: The Fourth Political Theory

[1] Existe edición española: “La Cuarta Teoría Políltica” Ed. Nueva República, Barcelona, 2013.

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Esta entrada fue publicada en 27/04/2015 por en 4TP, Alexander Dugin, Autores, Eurasianismo, Globalización/Mundialismo, Liberalismo, Luca Siniscalco, Reflexiones, Tradición y etiquetada con .
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